Ausencias

Posted on 24 julio 2010. Filed under: Ausencias |

Hoy 24 de julio, ya se cumplen 5 años de una partida brusca y sin sentido. Cinco años de una ausencia inexplicable que nunca llega a procesarse del todo. Una ausencia que marcó las vidas de tanta gente, que desbarató la cotidianeidad para siempre. Una ausencia doble, triple y más, porque trajo consigo la caída de una endeble casita de naipes. Una asencia tan presente que no deja de doler nunca.

La vida puede llegar a ser así. No te avisa ni te anticipa nada. Un accidente sin sentido. Una llamada telefonica. Una noche en vela tratando de entender la frialdad de la muerte, de recordar rostros y olvidar esa visión de lo poco que queda de esos seres queridos que tanto se amó. Y nada más.

De ahí en adelante, cada uno arrastra su pena como puede. En soledad o acompañado, en sueños llenos de mensajes, o en la vigilia de una noche sin descanso. Pero siempre está, ahí, omnipresente, recordándonos con una punzada certera que estamos un poco más sólos, y que nada más quedarn recuerdos, sentimientos, montañas de imágenes, sensaciones y tantas otras cosas que poco sirven para tapar el abismo que se abrió y nos dejó de uno u otro lado.

Marisa, mi amiga de la infancia y de la adolescencia, mi compañera de banco, mi pareja de salidas, mi prima. Peleas y celos de por medio, secretos y confidencias. Soledades y tristezas compartidas. Con los oyuelos más envidiables del mundo y un pelo tan lacio que parecía una catarata sin fin.

Mi abuelita Celmira, tan sabia que, a pesar de que el destino le arrebató la vista, siguió viendo a cada quien como lo que era y nadie jamás la pudo engañar, sin necesidad alguna de usar sus ojos. Pícara como una pequeña niñita, con una risotada colmada de azúcar, como esos empalagosos mates que tomaba. La abuelita que me compraba esos preciosos vestidos de alegres colores, para una muñeca que los recibía y los usaba sintiéndose una princesa. Celmira, una madre fiel a su hija, compañera de aventuras entre mapuches y tizas. De pocas palabras pero con una cara que todo lo decía, portadora de manos sabias, como las que mi madre heredó, cansadas del trabajo y del desgaste de la vida, pero suaves y cálidas.

Ya no están, hace mucho que se marcharon, a ese lugar de paz y descanso que merecían. Y pobre de nosotros que quedamos para etrañarlas, para verlas en los rostros de la personas que pasan por la calle, para necesitarlas y no tenerlas. Cuánto perdimos con su partida, con su ausencia interminable, y cuánto más nos queda por extrañarlas…

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Una respuesta to “Ausencias”

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Creo que lo que más duele es lo definitivo, lo que uno sólo con el tiempo comprende que es para siempre.
Al principio, el dolor es inaguantable, como una cachetada inesperada..
Después,uno va entendiendo que la pena y la ausencia es definitiva y cuesta encontrar consuelo.. No hay palabras para describir lo que se siente.
De nada sirve preguntarse por qué…
Te quiero.


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