Cuentos

Vapor

Posted on 8 junio 2009. Filed under: Cuentos |

Julia puso la pava al fuego y dio comienzo al ritual matutino del mate. Era la única manera que conocía para comenzar su día, sin importar si era lunes, domingo o feriado. ¿Café? No, le producía una euforia que la hacía sentir fuera de control. ¿Té? Tampoco, porque los cinco minutos que tardaba en tomárselo le sabían a poco. Lo suyo era el mate, y así había sido desde hacía ya muchos años.

Mientras esperaba con paciencia para que el agua no se le hirviera, algo se le vino a la cabeza y se dejó arrastrar hacia una nebulosa de pensamientos sin sentido. Con la vista perdida en algún punto inexistente, se olvidó del mate y del agua y de todo. En los cada vez más frecuentes momentos en que le pasaba ésto, el tiempo parecía fluir a un ritmo distinto del suyo. Era una sensación rara, de languidez sin espacio ni tiempo, que no duraba más que unos segundos. Pasaba, como una ráfaga de viento cálido, y así como venía se iba.

Los segundos dieron paso a los minutos, y el pitido de la pava en el fuego anunció que el agua comenzaba a evaporarse sin remedio. Nada alteró la calma ausente de Julia. Comenzó a descubrir figuras conocidas en las volutas que se elevaban hasta desaparecer. Rostros, objetos, lugares, todos asombrosamente familiares. Parecía que la vida que la joven conocía desfilaba ante sus ojos a una velocidad que no le permitía detenerse demasiado en los detalles. No sentía culpa por dejarse raptar sin resistencia.

Lo que vino a continuación, fue perturbador y absurdo porque se reconocía en lo que veía, sólo hasta cierto punto. No eran recuerdos, vivencias pasadas ni nada que se le pareciera. Pero estaban ahí y la hechizaban.

Se mantuvo absorta en ese mundo, quién sabe durante cuánto tiempo. Y finalmente no quedó nada más por ver. Julia despertó del trance repentinamente y sintiéndose muy cansada. Se levantó y dio algunos pasos dudosos, y al fijar la vista en la pava, cayó en la cuenta de que el agua se había terminado por consumir. Sería mejor que apagara el fuego rápidamente, para evitar un accidente. Sin poder evitarlo echó una mirada de reojo y observó su imagen reflejada en la ventana de la cocina. Las gotas del vapor ya empezaban a deslizarse y se vio a si misma desdibujada por la humedad del vidrio.

Algo no andaba bien, nada bien. Se frotó las manos, como cuando estaba nerviosa o inquieta, y el pánico de apoderó de ella. Voló hasta el baño en una carrera ciega y logró llegar intacta casi por milagro, esquivando obstáculos con increíble precisión.

La figura parada frente al espejo, estática y desconocida, era ella. Julia parpadeó frenéticamente y cada vez que sus ojos se abrieron, encontró la misma escena. La mujer que la miraba atónita del otro lado era ella. Una Julia mucho más madura, con innegables marcas del paso del tiempo por todo el cuerpo, con los mismos profundos y aterrados ojos azules.

No sabía si estaba soñando, o si tal vez acababa de despertar. ¿Cuál era la verdadera Julia? ¿Cuál era su pasado, su presente, su futuro? ¿Y cómo podría averiguarlo? Su vida parecía habérsele esfumado como vapor, huyendo a paso acelerado sin que ella si quiera lo hubiera notado…

Con notable calma, dejó que el tic tac de su vida siguiera sonando; no intentó detener el curso de las cosas. Rápido o lento, ya no estaba segura de que el tiempo fluyera en una sola dirección.

Pesadamente, arrastrando sus cansados pies, buscó la seguridad de su cuarto. Cerró las cortinas, corrió el acolchado y no se molestó en sacarse la ropa antes de acostarse. Se sentía abrumada, agotada, y la promesa de un sueño reparador la guiaba. Cerró los ojos con firmeza, y se propuso dormir, una hora, todo el día, toda la vida. Si despertaba, ya vería, y sin importar lo que encontrara, tenía decidido que esa sería su verdadera vida.  Así que cuando el sueño finalmente la rescató de su pesar, fue claro por la sonrisa que se le escapó de los labios que todo estaba bien, más que bien, tal y como debía estar.

Mariana Duhalde/ junio 2009

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El mejor amigo del hombre

Posted on 21 abril 2009. Filed under: Cuentos | Etiquetas: , , , |

EL MEJOR AMIGO DEL HOMBRE

Sandro es una peluda rareza animal; su futura dueña, Miriam, también, no por que sea peluda sino por que ella también es una rareza. Ahora bien, la forma en que estos dos seres tan particulares se encuentran en el mundo de lo imposible, atenta contra todo pronóstico y estadística posible. Nuestro pequeño amigo, es por demás un cachorro normal, común y corriente, salvo por un pequeñito detalle, que pocos pueden dejar pasar. No sirve como guardián, así que si uno busca un ladrido temible que ahuyente a cualquier merodeador indeseable, será mejor que no cuente con Sandro, que se dormirá profundamente hasta que el peligro pase. Como mascota, deja mucho que desear ya que no responde como se esperaría ante mimos y rascadas de orejas. Es prácticamente como si acariciáramos un almohadón. Si por otro lado queremos un perro de exposición, un altivo animalito bien perfumado y de brillante pelaje, para sacar a pasear y pavonearnos ante los vecinos, olvídenlo. No funcionará. Pruebe ponerle correa a su escoba, y tal vez tenga más éxito. Pero si nos conformamos con algo de compañía, Sandro no nos desilusionará y estará siempre a nuestros pies, sin necesidad de sobornarlo con deliciosas galletas para perro. Y eso es lo que Miriam busca justamente, sin saber que lo que encontrará será mucho más. Ese detallito que a tantos hace desistir, es el As que Sandro tiene bajo la manga.

Miriam parece ser una más de las tantas adolescentes típicas del nuevo mundo moderno, pero sin dudas no lo es. Sufre y disfruta, reprime y explota, se empaca y desempaca en cuestión de segundos, y busca y rebusca aunque no siempre encuentra. Su juventud la hace vivir todo a mil por hora, sin pausa o descanso, aunque de singular manera. ¿Por qué de singular manera? Porque si se enoja demasiado con sus padres o hermanos, por ejemplo, en vez de dar un sonoro portazo de película, solo se limita a caer derrumbada al piso, literalmente hablando. Y ante la situación más graciosa e insólita, sus rodillas la traicionan y parece que se desmayara de risa.

Su vida no es fácil, pero de alguna u otra manera, así es para todos sin excepción. Lucha por buscar una identidad que no se parezca a ninguna, lucha por pertenecer sin perder su verdadera esencia, por ser cool o al menos parecerlo, lucha porque su padecimiento no la limite, ni condicione la forma en que los demás la ven. Y nunca pierde las esperanzas. Se ríe de sí misma, se burla de sus defectos parodiando sus teatrales caídas, convirtiendo lo que podría ser tragedia en comedia. Por eso, cuando ve a Sandro, que frenéticamente emocionado por sus caricias se desploma sin aviso previo, no necesita saber más nada. Es un punto de encuentro, como cuando en matemática dos líneas se cruzan. Tiene que ser suyo y de nadie más, sin duda alguna.

Miriam mira a quien será su perro y ve más allá de todo. Porque entiende, y porque puede apreciar lo que tantos descartan. Ella y él son únicos, entre tanta monotonía impuesta. No necesita más nada. La mujer que la atiende, intenta explicarle que tal vez no sea la mejor elección porque lamentablemente el perrito… Pero Miriam la interrumpe. Simplemente lo quiere, y con gran determinación, lo toma en brazos ante la mirada incrédula de la mujer, y le susurra algo al oído, porque ella sabe que puede escucharla. Termina el papelerío correspondiente, prepara su bici y coloca al cachorro, que ya comienza a salir de su ensueño en el canasto, con calma y sin apuro.

El aire fresco de la mañana les hace bien a los dos, los reconforta, los activa. Miriam mira Sandro, y le regala una pequeña sonrisa, muy controlada para evitar que el cachorro se emocione, porque ambos saben bien qué puede pasar a continuación. Con complicidad, Sandro la mira, pero no mueve la cola; sólo la mira.

Miriam piensa en cuántos planetas y lunas se tienen que haber alineado para que este encuentro sea posible, por más que no crea en horóscopos y astrología. Piensa en qué dirá su padre cuando se entere de todo y prepara un discurso contundente y preciso para ganarle, aunque sabe que un NO de papá jamás dura demasiado.

Sandro, el nombre que ha elegido para su amigo, hace honor a su madre, fanática del gitano rompecorazones. Sabe que cuando su mamá lo escuche, se enamorará del cachorro automáticamente. Todo cubierto. Mejor, imposible.

Y pensar que hubo quien le dijo que antes que un perro, mejor sería que eligiera un gato, porque es bien sabido que no hay criatura a la que le guste más retozar 23 horas al día. Pero para dormir a cualquier hora, ella no necesita compañía. Miriam no necesita eso, un minino está bien para algunos pero lo que ella quiere es un perro, un animal cariñoso y leal, eso es lo que ella quiere. Que te siga al fin del mundo, en las buenas y en las malas, que se emocione con el ruido de tus pasos en la puerta, que te mire sin reproches y sin exigencias. Y ya lo tiene.

El detalle, ese raro detalle que los hace tan especiales a ambos, no es traba alguna. Cataplexia o no cataplexia, serán inseparables y felices, sin importar lo que nadie diga. Porque cuando Miriam se ría a carcajadas de alguna pavada y sienta que sus músculos la traicionan y la dejan caer, sabrá que el cálido hocico de Sandro la traerá de vuelta suavemente. Y cuando estén de paseo en alguna encantadora plaza de barrio, y Sandro se emocione tanto al ver a otro perro, tanto que su cuerpo le falle, Miriam le palmeará el lomo, lo tomará en sus brazos y le susurrará una vez más al oído esas palabras secretas que sólo ellos conocen: “ya no estás sólo”.

©2009, Mariana Duhalde

Video del perrito narcoléptico

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